Subway

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Subway

– Señores pasajeros, el vehículo permanecerá parado durante unos minutos para arreglar la avería que se ha producido. Permanezcan en sus asientos. Volverá a avanzar en unos momentos.

Los ocupantes del vagón se miraron los unos a los otros. A ninguno le hacía ni pizca de gracia quedarse atrapado allí. Todos tenían asuntos que atender y esperaron con impaciencia a que el metro volviera a moverse.
Una mujer joven, de pelo rubio cobrizo se hallaba sentada y con expresión preocupada. Movía rítmicamente su pie, dando golpecitos en el suelo. A su lado, un chico de rasgos asiáticos, con el pelo negro, parecía igual de nervioso que ella. Miraba constantemente su reloj de pulsera.
Un hombre de ojos azules con aspecto de no dormir bien desde hacía tiempo, barba gris bien cuidada y vestido con un traje elegante, leía un manuscrito, a la vez que esbozaba una cara de preocupación.
En frente, en una esquina, una chica de pelo oscuro miraba fijamente un cartel, absorta. De vez en cuando, lágrimas anegaban sus ojos, pero ella se las secaba rápidamente. Tenía a su lado una mujer joven de tez oscura, con el pelo negro y ojos color chocolate. Tenía un papel en la mano, una fotografía. La miraba con nostalgia, tal vez recordando algún recuerdo feliz.
Una mujer embarazada de pelo moreno, recogido en una cola de caballo, masajeaba su vientre mientras leía tranquilamente una revista para pre-mamás. A su lado, un hombre de pelo rojizo consultaba su móvil cada medio minuto, esperando alguna noticia, mientras hacía tamborilear sus dedos en el asiento. Una joven rubia, con unos ojos verde esmeralda que relucían detrás de sus gafas rojas, estudiaba atentamente un libro. Parecía exhausta y tenía los ojos rojos. A veces recorría con los ojos una misma línea cinco veces, demasiado cansada como para entender algo.
Por último, apoyado en una de las barras de metal, un joven de pelo negro, con una cajita azul de terciopelo se mordía nerviosamente las uñas. Él fue el primero en hablar.
– Ejem- carraspeó. Todo el mundo giró la cabeza para mirarle. Este, sin esperar recibir tanta atención, se ruborizó levemente-. Hemm… Dado que parece que vamos a estar aquí un buen rato atrapados… He pensado que deberíamos… conocernos mejor.

Silencio. La mujer rubia y la mujer embarazada le miraron con interés. La chica de las gafas volvió a su libro.
– Hemm… Empezaré yo- dijo el chico-. Me llamo Álex. Ahora me dirigía a Lexington avenue, porque he quedado allí con mi novia. Se llama Nina. Y… le voy a pedir matrimonio-. Ahí se cortó un poco- porque es la mujer más inteligente, bella y divertida que he conocido.

La mujer rubia sonrió, y le adelantó un poco en sus asiento para hablar ella también.
– Yo me llamo Colette-. Su voz denotaba un dulce acento francés-. Acabo de llegar de Afganistán, soy periodista. Ahora iba a mi casa. Hace dos semanas que no veo a mi marido y a mis niñas, Lilianne y Anne. La pequeña tiene dos añitos y la mayor seis. Son como dos angelitos- Sacó su cartera y extrajo una foto de dos niñas rubias de ojos azules, que sonreían. Se la enseñó al chico, Alex.

La mujer de pelo negro suspiró.
– Yo me llamo Paula. Yo… – se armó de valor- me dirigía a casa para hacer las maletas. Pasado mañana me vuelvo a Chile, para enterrar a mi hermana Josefina. Tenía tan sólo veintiún años… – mostró la fotografía; una chica de ojos grises y pelo negro recogido en trenzas. Detrás de ella, un hermoso paisaje chileno-. Era una chica tan buena… Mi hermanita pequeña…

– Lo siento- le dijo la mujer embarazada, que estaba a su lado-. Era una chica preciosa- le sonrió.

El siguiente que tomó la iniciativa fue el hombre con barba.
– Yo… Me llamo Guillermo. Soy abogado- suspiró-. Estoy llevando un caso de asesinato, y… pinta bastante mal para mi cliente. Y si le meten en la cárcel… Su madre es muy rica y me lo hará pagar- Se estremeció.

– Los ricos son unos cabrones- se apiadó de él el hombre pelirrojo.

Guillermo se limitó a suspirar.
– Yo me llamo Lian- dijo el chico asiático-. Lo cierto es que llevo varios meses chateando con una chica- se ruborizó-. Hoy nos íbamos a ver por primera vez… Se llama Leah. Y si no aparezco a menos cuarto- miró su reloj. Faltaban cinco minutos para eso-, seguro que no la volveré a ver.

– ¿Cómo es?- le preguntó la mujer rubia cariñosamente.

– Es… preciosa, inteligente, amable, divertida… Y todo esto sin conocerla en persona.

– Qué bonito- susurró la chica de pelo negro. Enseguida apartó la vista, avergonzada.

El chico le sonrió. Ella, aun tímida, suspiró, pero, al igual que la mujer rubia, se adelantó en su asiento y empezó a hablar.
– Me llamo Olivia. Y…- sus ojos se llenaron de lágrimas de nuevo- mi novio… Me ha engañado con mi mejor amiga- Bajó la vista por completo y refugió su rostro entre sus manos. Paula, la mujer de pelo negro, la acercó hacia ella con suavidad y dejó que llorara en su hombro.

– Tranquila, cielo- la apartó de sí y la miró a los ojos-. Eso nos ha pasado a todas- Sonrió-. Ese chico es imbécil por dejarte pasar.

– Eso es cierto, cariño- añadió la madre, maternal-. Eres una chica preciosa. Seguro que encontrarás a alguien mejor que ese idiota.

Se dirigió hacia ella y se sentó a su lado. Le cogió la mano y se la apretó cariñosamente. Los demás la miraron con afecto.
– Gracias- murmuró la chica, cohibida entre tanta atención.

Hubo silencio de nuevo en el vagón. Hasta que el hombre pelirrojo lo rompió.
– Mi nombre es Adolfo. Mi hijo… ha sido encontrado con drogas. Y no son suyas.

– No quisiera ofenderle, pero… ¿está usted seguro de eso?- preguntó la chica rubia con gafas tímidamente. Era la primera vez que hablaba.

– Estoy totalmente seguro. Mi hijo es un buen chico. Lo que ocurre es que se ha enemistado con un chico que sí que consume drogas.

– ¿Cree que ha sido él?- preguntó el abogado.

– Estoy convencido, sí.

– Pues me gustaría que considerara la opción de que yo le representara en un juicio.

– Muchas gracias, nos haría un favor.

La mujer embarazada fue la siguiente en hablar.
– Me llamo Martha. Estoy de treinta y cuatro semanas. Dentro de quince días salgo de cuentas. Iba al ginecólogo a hacerme una ecografía-. Acarició su hinchado vientre-. Mi marido me esperaba allí.

– ¿Es niño o niña?- preguntó la chica del pelo negro, Olivia.

– Niño. Se va a llamar Lucas.

– Mi hermano también se llama Lucas- comentó la chica con gafas-. Lo cierto es que ahora mismo iba a verle.

– ¿Qué estudias?- preguntó Colette, la mujer francesa. La había observado leer con atención su libro.

– Medicina- contestó ella, cabizbaja-. La verdad es que no es algo que me apasione. Lo que a mí me gusta es escribir-. Esbozó una sonrisa de timidez-. Pero mis padres son médicos y me obligan a seguir sus pasos.

– Pero… hem… – el hombre pelirrojo le dirigió una mirada inquisitiva.

– Míriam.

– Míriam- repitió- ¿Por qué estudias algo que no te gusta? Medicina es una carrera muy complicada y no creo que te valga mucho la pena esforzarte tanto si al final no lo vas a disfrutar.

– Yo sólo pretendo contentar a mis padres- contestó simplemente, claramente evadiendo el tema.

– Y, ¿qué escribes?- le preguntó Paula, la mujer chilena.

– Me encantan los asesinatos-. Ahora sonreía ampliamente, aunque sus mejillas estaban algo rojas.

– Ya me dejarás leerlos- le dijo Colette-. Adoro ese tipo de libros.

– Por supuesto.

Ahora ya no había silencios incómodos en el vagón. Todos hablaban con todos, compartiendo ideas, opiniones, historias… No pararon hasta que una voz metálica resonó en sus oídos.
– El vehículo se moverá en unos segundos. Disculpen por la espera. Gracias.

El metro empezó a moverse y todos aplaudieron con regocijo. Cuando acabaron se repartieron e-mails, números de teléfono, direcciones… y también consejos, páginas web y comentarios.
En la parada de Wall Street Lian bajó, un poco deprimido. Antes de que el metro avanzara de nuevo, Paula le dijo:
– ¡Tranquilo, chico! Si te quiere te esperará-. La respuesta fue una tímida sonrisa y un movimiento de despedida.

Las siguientes en bajar fueron Colette y Miriam, en Canal Street. Se despidieron de los demás lanzándoles besos en el aire. Las dos se despidieron con dos besos en las mejillas y una promesa por parte de la francesa de leer sus historias. En el camino hacia casa de su hermano, la chica pensó detenidamente en lo que Adolfo le había dicho de negarse a estudiar medicina.

En Spring Street, Martha, después de despedirse de todos y asegurar que mandaría fotos de su bebé, bajó del vagón.
Adolfo bajó en Bleecker Street, no sin antes anotar el número de Guillermo y recibir buena suerte de todos.
En la 23 Street Olivia y Paula bajaron. Se despidieron de Alex y Guillermo y caminaron un buen trecho hasta separarse, hablando de sus respectivas vidas. Un gran abrazo finalizó la conversación.
Guillermo bajó en la 51 Street tras una sonrisa amistosa con el joven que lo había empezado todo.
Y por último Álex se bajó en Lexington Avenue, con una ancha sonrisa en el rostro y su cajita de terciopelo agarrada fuertemente en la mano derecha. Su querida Nina la estaba esperando, vestida tan guapa como siempre y presentando su reluciente sonrisa. Después, un beso de enamorados y entraron en un restaurante.
Durante la cena, estuvo pensando en todos los nuevos amigos que había hecho y en sus respectivas vidas, y se dio cuenta de que el mundo estaba lleno de buenas personas que merecen tu ayuda, aunque seas un extraño que te encuentras en el metro.

Posted in SANT JORDI 2014, Segon cicle prosa | Tagged , , , | 3 Comments

3 Responses to Subway

  1. Alex Perez says:

    Esta bastante bien 🙂

  2. Miriam Pérez says:

    Alex: Álex

  3. Miriam Pérez says:

    Muy bien escrito, Laura.

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